Las 5 mejores puestas de sol de la provincia de Alicante
Mucha gente da por hecho algo que parece lógico: como Alicante mira hacia el este, es un paraíso exclusivo para los madrugadores que buscan amaneceres. Y sí, ver salir el sol desde el mar es un espectáculo precioso. Pero quedarse solo con eso es perderse la mitad de la película.
La costa alicantina esconde un as bajo la manga. Su geografía es radical. Tienes el Mediterráneo encontrándose de golpe con sierras y montañas escarpadas a muy pocos kilómetros hacia el interior. Y eso crea la tormenta perfecta para la luz. Cuando la tarde cae, el sol no se hunde aburridamente en el agua. Se esconde detrás de moles de piedra como el Puig Campana o la Sierra del Maigmó, regalando unas puestas de sol llenas de contrastes dramáticos y colores que parecen irreales.
En Paella Travel hemos recorrido a fondo la costa y el interior buscando esos instantes donde todo se transforma. Si quieres salir de la típica ruta turística y vivir la verdadera magia de la hora dorada, acompáñanos en este viaje.
1. La Laguna Rosa de Torrevieja: Un atardecer de ciencia ficción
Si buscas un paisaje que te rompa los esquemas, pon rumbo al Parque Natural de las Lagunas de La Mata y Torrevieja. Ahí te espera una inmensa extensión de agua de color chicle. Y no, no es un filtro de tu cámara. Ese tono imposible se lo dan unas microalgas que prosperan en aguas con muchísima concentración de sal.
Pero la verdadera locura visual llega cuando el sol empieza a caer. Al estar en una zona plana sin grandes montañas alrededor, el cielo abierto se inunda de naranjas, magentas y púrpuras. Estos colores rebotan en la superficie ya rosada de la laguna y crean una ilusión óptica brutal. Literalmente, llega un punto en el que no sabes dónde acaba el agua y dónde empieza el cielo. Todo ello envuelto en un silencio tremendo, roto únicamente por los flamencos.
El secreto del lugar: Cuando el viento se calma, la altísima salinidad convierte el agua en un espejo perfecto para los colores del atardecer.
Nuestro consejo: Huye de las horas centrales del día; la luz plana le quita toda la textura al paisaje. Llega una horita antes del ocaso y verás cómo la intensidad del rosa muta minuto a minuto.
2. El Castillo de Santa Bárbara (Alicante): Historia bañada en oro
Subir a esta fortaleza medieval, suspendida a 166 metros de altura, no es solo el plan turístico de manual. Es acceder al mejor balcón de toda la ciudad.
Por la mañana, lo habitual es asomarse a mirar la inmensidad del mar. Pero al caer la tarde, toca darse la vuelta. El sol se oculta despacio tras las sierras que abrazan la capital, bañando de luz cálida los tejados del Barrio de Santa Cruz, el puerto y la Explanada. Las viejas piedras del castillo adquieren un tono nostálgico increíble. Es uno de esos momentos que te conectan de golpe con las raíces centenarias de una ciudad que hoy vive a un ritmo frenético.
Las vistas: Sube hasta el «Macho del Castillo», la zona más alta del recinto. Desde ahí tienes una panorámica de 360 grados para ver cómo la noche avanza desde el agua mientras el oeste sigue ardiendo.
Cómo llegar: Tienes la opción romántica de subir caminando por las callejuelas del casco antiguo. O la opción práctica: usar el ascensor excavado en la roca frente a la playa del Postiguet y guardar fuerzas para las fotos.
3. Mirador del Morro de Toix (Calpe y Altea): Vértigo al borde del mar
Si lo tuyo son las emociones fuertes y buscas una naturaleza más salvaje, tienes que venir a esta frontera geológica. El Morro de Toix es, básicamente, una pared de roca imponente que se corta a cuchillo sobre el Mediterráneo, separando las bahías de Calpe y Altea.
Lo que te deja sin palabras aquí es la tremenda profundidad del paisaje. Miras al sur y tienes la bahía de Altea a tus pies, con sus famosas cúpulas azules asomando a lo lejos. Miras al norte y te topas de cara con el gigantesco Peñón de Ifach. Y cuando el sol se pone a tus espaldas, tras la escarpada Sierra de Bernia, proyecta unas sombras gigantescas sobre el mar. El contraste entre la negrura de los acantilados y el azul eléctrico del agua es espectacular.
El acceso: Toca conducir serpenteando por la urbanización Maryvilla en Calpe. El último tramo se hace a pie por un sendero sencillo, pero que va bordeando el acantilado.
Ojo a la brisa: Estás muy alto y expuesto al mar. Llévate una chaqueta aunque sea verano; lo agradecerás cuando lleves un rato parado admirando las vistas.
4. Cabo de las Huertas (Alicante): Desconexión total entre las rocas
A un paso del ruido y el ajetreo de la playa de San Juan se esconde este refugio. El Cabo de las Huertas es el tramo de costa más virgen que le queda a Alicante. Nada de interminables paseos de arena; aquí mandan las calas de roca esculpidas por las olas, las pozas naturales y la tranquilidad.
Ver el atardecer desde aquí es una experiencia muy física. Al tratarse de un cabo, te sientes literalmente metido en el mar. La luz naranja del poniente pega de lleno en la cresta de las olas y calienta el color de las rocas calizas. Es el rincón ideal para sentarte, dejarte hipnotizar por el choque rítmico del agua y ver cómo el faro emite sus primeros destellos del día. Cero estrés.
El atractivo real: Olvídate de ver la ciudad desde las alturas. Aquí la magia está a ras de agua. El sol reflejándose en los charcos que deja la marea baja da un juego fotográfico brutal.
Respeta el entorno: Es una zona protegida repleta de micro-reservas de flora. Disfruta del silencio y camina solo por los senderos marcados.
5. La Cruz de Benidorm: Rascacielos bajo el fuego
A Benidorm la llaman el «Manhattan del Mediterráneo» con motivo. Y para entender de verdad la inmensidad de esta selva de rascacielos, tienes que subir al Mirador de la Cruz, coronando el Parque Natural de la Serra Gelada.
Este atardecer entra en la lista por puro contraste. Naturaleza indomable frente a asfalto y acero. Cuando el sol baja, se alinea de forma casi poética detrás del imponente Puig Campana. El cielo entero se incendia. Y justo cuando la luz natural empieza a perder fuerza, ocurre la magia: la ciudad a tus pies despierta. Miles de farolas, neones y avenidas se encienden de golpe, ofreciendo una transición fascinante entre la paz de la montaña y la energía de la noche urbana.
El minuto de oro: Aguanta hasta la «hora azul». Son esos 20 minutos posteriores a que se esconda el sol, cuando el cielo coge un tono cobalto profundo y las luces de Benidorm ya brillan al máximo.
La subida: Puedes llegar cómodamente en coche. O, si te apetece sudar la camiseta, existe una ruta caminando bastante exigente que arranca al final de la playa de Levante.
Mucho más que el final del día
Despedir la tarde no va solo de encuadrar la foto perfecta para presumir luego. Va de frenar. Es ese momento exacto en el que el calor agobiante te da una tregua, bajas las revoluciones y el paisaje muestra su cara más real. Ya lo ves: la provincia de Alicante demuestra que no necesitas que el astro rey se ahogue en el mar para quedarte boquiabierto. Sus sierras, acantilados y lagunas juegan con la luz a su antojo cada tarde.
En Paella Travel tenemos una máxima: los buenos viajes se miden por la calidad de sus pausas. Así que la próxima vez que te dejes caer por la Costa Blanca, resérvate la última hora de la tarde. Elige uno de estos rincones, pon el móvil en modo avión y simplemente disfruta del espectáculo. Porque cuando el sol por fin se esconde tras las montañas, tu día no termina. Acaba de empezar una noche llena de brisa mediterránea, buena mesa y nuevas historias por vivir.