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Si has bajado por la N-332 hacia Santa Pola y has visto unas montañas blancas que parecen nieve puesta ahí por error, tranquilo: no es nieve. Son montones de sal marina de hasta doce metros de altura, el final de un proceso que empieza en el Mediterráneo y termina en tu salero. Y no, la sal no se recoge con un cubo y mucha paciencia. Detrás hay un oficio con calendario propio, maquinaria pesada, guiado por láser y una comunidad de flamencos que colabora sin cobrar nómina.

Por qué seguimos llamando oro blanco a algo que hoy cuesta céntimos

Hubo siglos en los que la sal era el único invento capaz de conservar alimentos, así que valía lo que hoy vale una nevera. Los romanos retribuían con ella el trabajo bien hecho y de ahí viene una palabra que usamos cada mes: salario. Santa Pola lo sabe de primera mano, porque aquí estuvo el Portus Ilicitanus, el puerto de Ilici, con sus piletas de salazón para curar el pescado antes de embarcarlo.

El agua del mar no se recoge, se pasea durante meses

Aquí nadie «saca» sal del mar de golpe. El agua entra y viaja por un circuito de balsas comunicadas, perdiendo volumen por evaporación en cada salto y ganando concentración. Ese recorrido explica los colores imposibles del paisaje: los rosas y naranjas los ponen microalgas y crustáceos diminutos que prosperan cuando la salinidad sube. Al final llegan los cristalizadores, donde la sal precipita y forma una costra dura en el fondo. Las salineras de la bahía llevan en esto desde finales del siglo XIX.

La cosecha de la sal, paso a paso

Se llama cosecha porque el proceso se parece al agrícola, maquinaria incluida.

Vaciar la balsa y dejarla secar

La sal cristalizada está cubierta de salmuera. Se vacía y se dejan tres o cuatro días de secado antes de tocar nada.

Cortar la costra sin ensuciarla

Un tractor con rotovator (un eje con cuchillas rotativas) separa la capa de sal del lecho arcilloso. La profundidad la controla un nivelador láser del perímetro que envía señal al sistema hidráulico del tractor, dejando siempre un margen de sal sin cortar. Ese detalle evita remover el barro y marca la diferencia entre sal limpia y sal inservible.

Recoger, cargar y apilar

El rotovator deja caballones, montículos alineados que una cosechadora recoge con un tornillo sin fin y descarga en dúmperes. Estos elevan la sal a camiones de hasta doce toneladas que esperan en los caminos exteriores, para que la maquinaria de dentro no salga de la balsa y arrastre suciedad. Luego llegan las tolvas, el lavado y una apiladora que levanta esas montañas blancas de postal.

Flor de sal: lo único que aquí se sigue recogiendo a mano

Cuando coinciden brisa suave y humedad baja, en la superficie se forma una lámina finísima de cristales que parece hielo. Es la flor de sal y se retira a mano con rastrillos, con cuidado casi quirúrgico. Crujiente e intensa: por eso se pone sobre el plato terminado y nunca en la cazuela.

El trabajo que hacen las aves (y por qué esta industria protege el humedal)

Las Salinas de Santa Pola son parque natural desde 1994, con 2.470 hectáreas, reconocimiento Ramsar y protección europea para las aves. Aquí se juntan hasta 8.000 flamencos, con avocetas, cigüeñuelas y patos colorados. La relación es de ida y vuelta: las aves comen los invertebrados de las balsas y sus aportes enriquecen el agua. Si las salineras cerraran, el humedal desaparecería.

Cómo verlo con tus propios ojos

El punto de partida es el Museo de la Sal y centro de visitantes, en la Avenida de Zaragoza 45, junto al kilómetro 87,4 de la N-332. Desde ahí se entiende el circuito completo y se puede seguir hacia el centro de interpretación de aves, los miradores y el antiguo embarcadero de la sal, que todavía guarda vestigios de la Guerra Civil. Lleva prismáticos y calzado cerrado, y elige primera hora o la luz de la tarde, cuando el rosa de las balsas se pone serio.

Tres dudas rápidas antes de ir

¿Cuándo se cosecha la sal?

En verano, tras meses de evaporación. Es cuando verás maquinaria trabajando dentro de las balsas.

¿Se puede entrar en las salinas?

A las zonas de visita y senderos del parque, sí. A los cristalizadores en producción, no.

H3: ¿Hay flamencos todo el año?

Casi todo el año, con los picos más espectaculares en época de cría.