Villajoyosa: el pueblo frente al mar que huele a cacao tostado desde hace dos siglos
Estás paseando por unas callejuelas flanqueadas por casas de colores vivos. Tienes el sonido de las olas del Mediterráneo de fondo y, de golpe, una ráfaga de viento te trae un aroma inconfundible. Un olor denso y dulce. Es cacao tostado. No, no es tu imaginación. Estás en Villajoyosa (La Vila Joiosa), el lugar donde el mar y el chocolate llevan más de doscientos años caminando de la mano.
En Paella Travel no nos conformamos con mirar los destinos. Queremos saborearlos. Hoy guardamos la guía turística típica en el fondo de la mochila para contarte la intrahistoria de la capital chocolatera de la Comunidad Valenciana. ¿Cómo un pequeño pueblo de pescadores se volvió el gigante español del cacao? La historia tiene marineros, piedras de moler y familias enteras volcadas en una obsesión deliciosa.
El mar, los barcos y la primera piedra de moler
Todo empezó mirando al mar. Durante los siglos XVII y XVIII, el puerto de La Vila era un auténtico hervidero, y no solo por el pescado. Los marineros locales tejieron rutas comerciales muy ambiciosas que cruzaban el Atlántico hasta llegar a las colonias en América.
De aquellos barcos bajaron dos tesoros que cambiaron la economía del pueblo para siempre: cacao y azúcar.
Al principio, tomar chocolate era un lujo reservado casi en exclusiva para reyes y nobles europeos. Pero la llegada constante de estos sacos al puerto hizo que aquí fuera algo mucho más cotidiano. Así nació una figura mítica en la zona: el xocolater.
Hacerlo en aquella época era puro agotamiento físico. Las familias tostaban los granos y los molían a mano, de rodillas sobre una piedra curva que calentaban por debajo para derretir la manteca. Hasta que, allá por 1810, cuentan que un inmigrante italiano trajo el invento definitivo. Una piedra de moler especializada que aligeró la carga de trabajo. Este pequeño gran avance transformó el consumo de casa en una industria real. El oficio pasó de padres a hijos. Y el ruido rítmico de la molienda se quedó a vivir para siempre en las calles vileras.
La época dorada: el boom de las fábricas de chocolate
El siglo XIX trajo consigo la revolución. Los motores de combustión y la electricidad mandaron la fuerza bruta al banquillo. Ahora podían producir mucho más y, sobre todo, afinar la textura. Ese acabado suave y cremoso que hoy asociamos irremediablemente al chocolate de La Vila nació justo ahí.
Para los años 30 del siglo pasado, Villajoyosa era pura ebullición. Llegó a tener unas veinte fábricas operando de forma simultánea. Muchas de ellas mantenían el alma artesana dentro de un cuerpo industrial, negándose a fabricar a granel si eso significaba perder calidad en el producto final.
Y aunque las crisis económicas y la llegada de los gigantes globales hicieron caer a muchas de ellas con el paso de las décadas, las que aguantaron lo hicieron por una razón simple. Nunca bajaron el listón.
Las familias que son puro patrimonio (y sabor)
Para entender bien esta tradición, hay que ponerle apellidos. Más que simples naves industriales, estas marcas son refugios de historia que han sobrevivido a guerras y crisis, saltando de generación en generación:
Chocolates Valor (desde 1881): El gigante indudable de Villajoyosa. Valeriano López Lloret empezó con un taller minúsculo y hoy su marca da la vuelta al mundo. Acertaron de lleno al cuidar la pureza del cacao y al poner de moda el chocolate a la taza.
Chocolates Clavileño (desde 1882): Jaume Martí fundó esta casa, que tomó el nombre del mítico caballo de madera de Don Quijote en los años 60. Ahora, bajo la batuta de la cuarta generación, han sabido innovar en temas nutricionales sin perder el tacto centenario.
Chocolates Pérez (desde 1892): Aquí manda la artesanía pura. Ostentan con orgullo el sello de «Artesanía de la Comunidad Valenciana». Frente a los procesos ultra automatizados, ellos ofrecen una visión íntima y familiar del oficio.
Chocolates Marcos Tonda (desde 1793): Sus papeles son los más antiguos de la zona. Juan Tonda Lloret ya hacía chocolate a mano a finales del siglo XVIII. Aunque su logo clásico de la Virgen es historia viva, en los últimos años han pisado el acelerador de la innovación. Su reciente apuesta «Dubai Style» demuestra que la tradición no tiene por qué ser estática ni aburrida.
De la teoría a la práctica: vive la experiencia hoy
Leer da hambre. Y queremos que pases a la acción, porque Villajoyosa no es un museo triste que vive solo de la nostalgia. Es un lugar vibrante. De hecho, gran parte de los servicios turísticos del municipio giran hoy en torno a esta herencia industrial, totalmente adaptados para atrapar al viajero actual.
Si te dejas caer por la Costa Blanca, tu primera parada tiene que ser el Museo Valenciano del Chocolate en las instalaciones de Valor. Lleva abierto desde 1998 y te pasea por cinco generaciones de historia. Ves las piedras del siglo XIX, aprendes sobre el cultivo en el trópico y terminas en la mejor parte: la degustación.
Pero la ruta pide más. Visitar una fábrica más pequeña, como Chocolates Pérez, es una pasada. Sientes el calor real de las máquinas y ves el trabajo casi a ras de suelo. Y después de tanto turismo, tienes la excusa perfecta para sentarte en una cafetería local y pedir un buen chocolate espeso con churros.
Un pequeño secreto: si te pasas por aquí en agosto, te toparás de lleno con la Xocolatíssima. El pueblo entero sale a celebrar su producto estrella con visitas guiadas, demostraciones culinarias y un montón de catas por todo el casco antiguo.
Villajoyosa te demuestra que la personalidad de un sitio se cocina a fuego lento. Sus fachadas coloridas frente al mar atraen a las cámaras. Pero es el alma incansable de sus maestros chocolateros la que hace que te quieras quedar.
La próxima vez que rompas una onza de chocolate en tu casa, piénsalo. Detrás de ese chasquido perfecto hay siglos de marineros, rutas atlánticas y familias enteras moliendo grano frente al Mediterráneo. Tu próximo viaje debería ir más allá de las fotos. Atrévete a descubrir a qué sabe la historia. ¿Te vienes a tomar una taza?